Ayer se armó una gran chirinola, algarabía o como guste llamarle, con motivo de la renuncia de Juan Carlos Loera De la Rosa, mejor conocido como el virrey de la Nueva Vizcaya. Abonándole a un cuarto de hora más de su fama, en redes se hicieron todo tipo de elucubraciones, que no tiene caso reseñar. También se habló de que en breve estaría entre nosotros quien lo habrá de sustituir, una figura de la familia Alcalde Luján, integrante de la corte de López Obrador. 

En realidad al que esto escribe estas noticias lo tienen sin cuidado, si no fuera porque expresan un atraso político que lejos de irse debilitando, tiende a fortalecerse. Me refiero a los usos y costumbres que primaron durante el virreinato de la Nueva España, fueran Habsburgos o Borbones los dueños de la corona. Me explico: mal llegaban noticias a Veracruz y luego a la Ciudad de México de que vendría un nuevo virrey, entonces todo se movía, y el sacudimiento social era mayor al de los terremotos que asuelan a esas tierras del hoy territorio mexicano. Según los cronistas de aquellos tiempos, estimando que el virrey era el alter ego, es decir, el otro yo del monarca, todos se aprestaban a quemar incienso al recién llegado y a ver con desdén al que se iba. Pues cómo no, si el virrey se convertía en leña encarnación del rey europeo. 

Todo empezaba por el viaje marítimo. Cruzar el Atlántico no era cualquier cosa y tanto la tripulación como los pasajeros se encomendaban a dios, a las muchas vírgenes y a los no pocos santos que nos ha endilgado la iglesia católica, sangoloteándose en el océano, que no estaba para menos. El virrey en ciernes viajaba con su familia, en privacidad, con sacerdote, médico, sirvientes y escribanos a su servicio. 

Al pisar tierras de la Nueva España recibía las llaves de la ciudad, recorría calles  donde era alabado, y así caminaba hasta el palacio en el que ahora vive Andrés Manuel López Obrador. Los mejores comederos se abrían, pero lo más resaltable, por el paralelo que pretendo hacer con la remoción de Loera y la posible llegada de Alcalde Luján, es el comportamiento social. Buena parte de la escasa clase alta construía castillos de naipes, pensaban que sus problemas se resolverían, que nuevos puestos llegarían; las mozuelas se apretaban el corsé y se levantaban elegantes arcos hornamentales. 

Poco importaba si el que se iba lo había hecho bien o mal, y el que venía, al ser una simple promesa, de él se ignoraba absolutamente todo. Pero más abajo en la escala social replicaban las campanas, se soñaba en sinecuras y mercedes sociales. El futuro había cambiado. Como se suele decir en algunas obras del arte de todos los géneros, lo narrado aquí es mera coincidencia. 

Por eso estamos como estamos. En otras culturas hechos como el que comento son, lisa y llanamente, asuntos de la cotidianidad.