Jaime García Chávez

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PRD: Transición y riesgo de elección de Estado

Enero de 2000
Ed. Pendiente
Chihuahua.

La experiencia internacional demuestra la simetría existente entre estrategias políticas construidas correctamente y el cambio transicional que lleva a la instauración de un sistema democrático y la cancelación del régimen autoritario. Como en otros aspectos, el concepto estrategia fue tomado en préstamo de la teoría de la guerra, lo que a la larga ha traído una costosa carga interpretativa que supone la aplicación de términos desligados frecuentemente de la acción típicamente política y, sobre todo, electoral. Basta leer los documentos básicos de los partidos, incluido el nuestro, para darnos cuenta del enorme desorden teórico imperante en esta materia. Los enfoques oscilan desde la pretensión de hacer de la política una técnica con leyes similares a las naturales, hasta la confusión de decisiones tácticas con lo que es propiamente una estrategia. Más grave se toma el caso cuando, bajo el marbete de estrategia, se nos presentan simples e inconexos hechos de la realidad a los que se añade un amplio cúmulo de recomendaciones para actuar, las más de las veces al interior de las propias fuerzas.

Si bien la estrategia política nada tiene qué ver con la estrategia militar moderna, en nuestro caso -habida cuenta de que aspiramos a un tránsito cívico y constitucional a la democracia- su lejano parentesco define un rasgo común que involucra el rigor con el que se asume la contienda y la búsqueda de la eficacia en todas las acciones mediante las cuales pretendemos conquistar nuestros más altos objetivos.

Si lo que queremos es derrotar al viejo régimen de partido de Estado, tendremos que precisar, a través de un proyecto y un programa de largo alcance, los objetivos específicos perseguidos. No hay estrategia sin programación, sin la adecuada utilización de los instrumentos políticos ya en nuestras manos o asequibles en el futuro. La estrategia implica, a su vez, la disección de conflictos internos e internacionales para manejarlos a favor de las metas propuestas. Las condiciones siempre anunciarán riesgos; no pocas veces nos colocaremos en la incertidumbre. Empero, una buena carta de navegación siempre indicará cuáles acciones deben emprenderse y cuáles abstenciones deben asumirse.

Ahora bien, distingamos estrategia de táctica. La táctica siempre tiene qué ver con las metas de corto plazo, con las pequeñas escalas que conducen a los grandes objetivos; por tanto, estará siempre subordinada a la estrategia, como ésta debe estarlo a la política.

La estrategia, al igual que el oro, está sometida a la prueba del agua fuerte: si no permite avanzar, lo más seguro es que carezca de la calidad requerida. En este sentido, recién encontré una definición de estrategia que muestra esta característica: sucesión de restablecimientos y tácticas llevados a cabo in extremis, o de huidas hacia delante unidas una a la otra. La lección es clara: hasta cuando se huye se avanza.

Ya es un lugar común entre los perredistas dar voces de alarma respecto a nuestras actuales circunstancias: inició la cuenta regresiva hacia el dos de julio y disponemos de poco tiempo para redefinir estrategias y tácticas consecuentes a una mayor capacidad de acción y una acumulación de fuerzas y recursos para desplegarlos con vigor el día de la jornada electoral y después de la misma. Estas notas aspiran a ser una contribución al debate y pretenden influir en la reorientación indispensable a que me refiero. No aspiran a ser concluyentes tanto como a propiciar un debate urgente en el partido.

Nudos de la transición

A pesar de que el PRD es el partido más aguerrido contra el autoritarismo del régimen de partido de Estado y es un producto parcial de una importante ruptura en su interior, hasta ahora no ha definido con precisión el cómo vertebrará la transición ni el andamiaje que cimentará un auténtico sistema democrático, con libertades políticas y con partidos independientes y competitivos, desligados del Estado de plena legitimidad, al igual que las elecciones locales que se desarrollarán antes, durante o después de la elección federal del 2 de julio. Se sugiere, a partir del gobierno federal electo; realizar las transformaciones que el país requiere en materia de democracia y justicia. ¿Qué significa esto? Ni más ni menos que transitar a la democracia a través de un triunfo electoral opositor contra el régimen y su partido en un escenario donde las oposiciones aparecen divididas y fragmentadas (hay cinco candidaturas presidenciales definitivas). El tono escéptico surge de la aceptación de que no basta un cambio de partidos para asegurar la transformación de las reglas que rigen el acceso de los ciudadanos al poder, hasta ahora obstruido por el régimen autoritario y cerrado. Lo importante para la transición es la modificación y aprobación de las nuevas reglas políticas garantes de la futura democracia; esto, es obvio, traspasa un triunfo comicial y a la propia legislación electoral; es decir, es menester un cambio de régimen que vaya acompañado de una nueva constitución política. Reseño estos aspectos para subrayar las dificultades. Si el PRD y sus aliados triunfan, lo harán, indudablemente, por escaso margen; luego sería previsible el inicio de una gran negociación con el resto de los partidos para convenir las normas del nuevo régimen, lo que nos debe llevar a pensar también en un gobierno muy importante en la historia del país y posiblemente transitorio. Nunca en la república ha habido una experiencia de ese tipo y tampoco la experiencia internacional es tan rica como para otorgamos un modelo suficientemente experimentado, lo que hace suponer que un suceso de esa magnitud se acompañaría de brotes de violencia de los sectores más autoritarios del actual régimen, lo que sería más grave en ausencia de un cuidadoso proyecto político alternativo. A su vez, los sectores financieros de la economía, de dentro y fuera del país, podrían ver amenazados sus intereses, sobre todo si el partido triunfador y sus aliados no clarifican su idea acerca de la gobernabilidad democrática. El triunfo que buscamos y la vía propuesta para obtenerlo se antojan cargados de dificultades. Sin embargo, ya estamos rígidamente en ella (la legislación electoral vigente no ofrece flexibilidad alguna); no hay camino de retorno. Por ello, a mi juicio, resulta impostergable definir con claridad, cuando menos, los siguientes aspectos:

1. Las posibilidades reales del régimen

De manera oficial, el PRD considera un proceso de descomposición del régimen, quien, afectado y débil por la profunda crisis que lo aqueja, mantiene inexplicablemente su decisión de realizar una elección de Estado. Una visión certera de este asunto conduce, en realidad, a la conclusión de que el régimen no apostará en esta elección sólo su potencial electoral en estricto sentido (el cual es, ya lo sabemos, grande); tras él, en línea de combate, estarán el poder federal, el poderoso mundo de las finanzas y gran parte del empresariado, los dueños de los grandes medios de comunicación, el poder imperial, las jerarquías del clero político y el despliegue de una campaña que le ha permitido conquistar buena parte del espacio político (si por tal entendemos el área de conflicto político que está en la base de la relación entre electores y partidos). Por desgracia, el PRD no monitoreó adecuadamente, aun con medios para hacerlo, la elección priísta del siete de noviembre del año pasado. Así, carecemos de datos precisos para desvirtuarla mientras el electorado se convence de la existencia de un nuevo PRI en el cual se contiende fuertemente por el poder sin fisurarse. Con estos señalamientos, resalto las altas probabilidades a favor de la preservación del régimen. Así lo reconocen muchos analistas del país que difícilmente podemos catalogar como parciales a favor del sistema; al contrario, se han distinguido por sus criticas contundentes y demoledoras. Hace unos días, durante su estancia en nuestro país, Philippe Schmitter, uno de los grandes expertos en procesos de democratización, expresó la importante posibilidad de que las actuales elites en el poder se mantengan en la cúspide de la pirámide; también nos alertó sobre la factibilidad de una regresión autoritaria. Sabemos que las elecciones locales y federales obedecen a lógicas distintas. El haber electoral del PRI en 1997 lo coloca como el gran perdedor y, a la vez, como la primera fuerza política nacional. En ausencia de una reforma política que acogiera la segunda vuelta para la elección presidencial, increíblemente desdeñada por el PRD, el triunfo está reservado para quien abone en su favor el tercio mayor, circunstancia que beneficia en particular al régimen quien ya lo posee, tal como lo revela la última elección federal del siglo pasado. El PRD lo dijo claramente en el documento de estrategia aprobado en Oaxtepec en 1998: “Será el tercio mayor el que logre el triunfo”. Enfatizo: el partido que logre trece millones de votos (35%) estará en la pelea y el que supere los quince millones (40%) triunfará. Una simple operación aritmética indica que precisamos siete millones de votos más para ganar la presidencia (hoy tenemos 7´514,000); desgraciadamente, aún no se vislumbra una propuesta contundente para conseguirlos, aunque la pertinencia de diseñarla sea evidente si consideramos que tanto el PRI como el PAN pretenden el mismo propósito. Como no se trata nada más de ganar la elección, sino de la construcción de un nuevo sistema democrático, sería un error subestimar la seriedad y peso de los partidos y candidatos oferentes de proyectos políticos alternativos frente al priísmo: la fragmentación del voto opositor que vendrá con las diferentes ofertas electorales, no disuelve la simpatía de los electores por la edificación de una nación distinta, pero establece críticas dignas de tomarse en cuenta hacia el proyecto que sugerimos. Una dificultad adicional para el PRD es que de su órbita de influencia emergieron tres candidaturas. La más fuerte e influyente es la de Cuauhtémoc Cárdenas, cierto; pero alguna mella nos harán las campañas de Porfirio Muñoz Ledo y Gilberto Rincón Gallardo, cuyas trayectorias impiden, en absoluta sinceridad política, reputarlos como traidores del régimen democrático. Tenemos, por otro lado, la nada despreciable presencia de Vicente Fox y la alianza que lo impulsa; Camacho Solís, por su parte, capitalizará un voto priísta que tenía al PRD como segunda opción electoral y ahora ve abierto el abanico de posibilidades. En resumen, la victoria, si sobreviene, se avista muy apretada, lo que conmina a estrategias lo más precisas y más posibles.

2. ¿Cuál es la propuesta para ganar el tercio mayor?

No hay estrategia plausible si no plantea el cómo lograr los grandes objetivos. El acompasado proceso transicional de México muestra una característica inocultable: su marcado carácter político (electoral) y la ausencia de un vasto movimiento social a favor de una profunda reorientación de nuestra economía, particularmente en el mundo del trabajo. Queremos dar la impresión de que con la asunción al gobierno se iniciará, como por ensalmo, una nueva y floreciente etapa en la vida de nuestro país; aunque, a mi juicio, con ello eludimos perfilar concretamente el futuro Estado, las nuevas relaciones económicas a las que aspiramos y cómo será nuestra inserción en el proceso de globalización. Cierto que somos un partido democrático en construcción, pero esto no nos libra de la obligación de posicionamos y comprometemos frente a los grandes conflictos que vive el país. Serán justo estos compromisos los que definirán los grandes antagonismos que permearán la contienda electoral y sus resultados. Debemos mostrar a los ciudadanos las razones para entregamos su voto en la magnitud requerida por el triunfo. Empero, tengo para mí, esas razones aún no están establecidas. De alguna manera, el discurso democrático, el repliegue mundial del socialismo, el desprecio por el Estado y en particular por el Estado nacional, el ascenso del neoliberalismo en los últimos años, nos han vuelto tímidos respecto de la elaboración de una propuesta estratégica de gran aliento. En el ámbito internacional, observamos también ese fenómeno; para nuestra fortuna, cada vez más voces se pronuncian a favor de una política de izquierda que, entre otras cosas, rescate el lenguaje como instrumento de comunicación y lucha. Está demostrado que la recuperación del tiempo perdido no se dará con un ilusorio y simple regreso al pasado, lo que sería otra pesadilla. Al contrario, se impone un examen riguroso de las recientes luchas políticas y de las nuevas características de los movimientos sociales, para generar alternativas de economía, Estado, gobierno, salud, géneros, población, autonomías, educación, cultura y relaciones interestatales en el gran proceso de mundialización. Alain Touraine, a la par de otros relevantes pensadores del mundo actual, alienta una nueva visión de la economía, leámoslo:

“La idea de una economía al margen de cualquier control social y político es absurda. La economía consiste en un sistema de medios que se han de poner al servicio de determinados fines políticos. Existe una inmensa distancia entre decir: “Es necesario liberar la economía de la ruinosa intervención del Estado y de los modos de gestión social ahora demostrados ineficaces”, y decir “es necesario que los mercados se regulen por sí mismos, sin la menor intervención exterior”. Esta segunda manera de pensar tiene un nombre: capitalismo, que no es otra cosa sino esta mundialización de la economía de la cual se habla mucho sin detenerse a caracterizarla. El capitalismo supone una economía de mercado en cuanto a que ésta rechaza cualquier control exterior, pues, por el contrario, busca actuar sobre la sociedad en bloque en función de sus propios intereses.

El capitalismo significa que la sociedad se ve dominada por la economía. De ahí el peligro que subyace a la actual destrucción del antiguo modo de gestión económica: ésta resulta al mismo tiempo indispensable y peligrosa, pues el reto actual es el de pasar de un tipo de control social de la economía a otro, sin perderse en la ilusoria imagen de una economía liberada de todo control social, imagen que conduce al incremento de las desigualdades y de cuantas formas de marginación y de exclusión sean posibles. Si hoy nos sometemos a los intereses del capitalismo financiero estaremos preparando un siglo XXI todavía más violento y militarista de lo que haya podido ser el XX.

La propuesta es a la izquierda. Si lo que buscamos es un nuevo sistema democrático y una reorientación de la economía a favor de la equidad, únicamente lo lograremos si abordamos con audacia lo que constituye uno de los más grandes retos en política: ser diferentes a los demás. Reconozcamos que la confrontación, a final de cuentas, es más fácil e incluso más cómoda; aunque tenga profundos costos, entre ellos la irreparable pérdida de vidas. Parte de la crisis en que se debaten los partidos en la actualidad obedece, por un lado, a la ausencia de propuestas reales y viables para los grandes problemas del país; por el otro, a que éstas existen pero no llegan, no son distinguibles de aquellas formuladas por otros partidos o contienen toda y nada a la vez. Los mexicanos no optarán mayoritariamente por el PRD porque proponga una nueva constitución emanada de un Congreso Constituyente, sino porque diga puntual y claramente lo que hará respecto al presidencialismo autoritario, el sistema electoral, la representación política, los derechos humanos, las luchas por la equidad, el combate a la corrupción y la rendición de cuentas, por sólo ilustrar algunos de los más importantes temas de la agenda pendiente. Hasta ahora, no hemos hablado lo bastante de la dimensión que asumirán en nuestro gobierno el Poder Judicial de la Federación, el Ministerio Público, el federalismo, el sistema tributario, las fuerzas armadas, la cultura, la mujer y la política que con ella se relaciona, el Estado laico y la democratización de los medios de comunicación. Inegablemente, el programa general del partido aborda estos temas, pero no los hemos trasladado a la arena política y a la confrontación electoral con la finalidad de que quienes nos apoyan comprendan el alcance de lo que queremos, nos brinden su esfuerzo y su confianza, logrando, con ello, expandir nuestro voto.

Este debate empieza y termina en el Estado por el que propugnamos. Si ocultamos nuestras definiciones, no seremos atractivos por similares a otras propuestas electorales. La diferencia sólo provendrá de un PRD cargado, sin vacilaciones, hacia la izquierda, en su sentido más moderno y libertario. En especial, no hay lugar a ambigüedades y ambivalencias en materia de política económica, combate a la pobreza y paz en Chiapas. En estos rubros, nuestra propuesta no sólo está obligada a ser tangible, sino a expresar claramente soluciones profundas y verosímiles, pues en ellos la sensibilidad hacia la palabrería y la demagogia es muy alta.

Polarizar sí, ¡pero a la izquierda!

La contienda contra el régimen hay que emprenderla a través de una sólida posición de izquierda que nos convierta en alternativa factible, entendiendo que no hay ninguna voluntad invisible de la historia que garantice nuestro triunfo. Con ese propósito tenemos que generar un proyecto alternativo de nación que nos coloque inequívocamente a la izquierda en el espacio político; para hacerlo, es menester construir, socialmente, la contraposición izquierda-derecha. Atendiendo a los contenidos y fuerzas reales, es evidente que los partidos que cuentan como adversarios -PRI y PAN- están claramente ubicados a la derecha; en cambio, el posicionamiento del PRD en el otro extremo es nebuloso; más que la etiqueta, el problema es la percepción que los electores tengan de esto por el contenido que se imprima a nuestro desempeño electoral. Como ha sostenido Sartori:

“En todo sistema político, la distancia que separa a los diversos grupos de simpatizantes de los diversos partidos es el resultado de las diferencias existentes entre ellos en una serie de dimensiones… para superar este problema necesitamos una medida que sea capaz de reflejar (siquiera sea imperfectamente) las diferencias más importantes entre los simpatizantes de varios partidos… y que, al mismo tiempo, sea lo bastante amplia como para posibilitar una comparación general y significativa. En nuestra opinión, la auto situación de los electores en la dimensión izquierda-derecha constituye ese tipo de medida, y más aún, creemos que la identificación izquierda-derecha responde a un contenido actitudinal y relacionado con los temas políticos concretos.”

Precisemos las dimensiones de polarización que permitirán al electorado, sin mucha dificultad, percibir las diferencias, de tal forma que consigamos su adhesión a la plataforma del PRD y sus candidatos y candidatas a todas las instancias de gobierno, básicamente presidencia de la República y ambas cámaras del Congreso de la Unión. Esto es viable si fomentamos la idea -cierta, por lo demás- de que una elección federal escenifica una disputa por la nación y por tanto la confrontación de proyectos.

Es válido auto presentarnos ante la sociedad como el único opositor real hermanando al PRI Y al PAN en su compromiso con la continuidad del proyecto económico neoliberal, pero es urgente adoptar y divulgar una posición de fondo, de tal manera que adquiramos, mediante una honesta diferenciación, una ventaja comparativa y sustancial en los temas ya apuntados, a los que agregaría dos que resultan fundamentales: el combate a la corrupción negra9 y la regulación del capital financiero para impedir la permanente vulnerabilidad de nuestra economía.

Corrupción

Resulta lamentable la lentitud o el retraso con la que nos movemos electoralmente.

A pesar de que el PRD es el partido anticorrupción por excelencia -así lo demuestran el antisalinismo y el escándalo Fobaproa- ha quedado en una mera posición reactiva frente al pronunciamiento del priísta Labastida Ochoa en esta materia. En pocas palabras, hemos permitido el hurto de nuestras banderas más sólidas. No es fácil en un país como el nuestro hacer política contra la corrupción en los términos planteados por López Obrador porque, por un lado, bregamos con los poderosísimos intereses que se afectan y que se enconan contra el partido y, por el otro, corremos el riesgo de que, más que como políticos buscadores del poder democrático, se nos perciba como reformadores y moralistas a secas. Está demostrado, sin embargo, que los partidos que agitan hábilmente esta bandera cosechan grandes éxitos.

Luego de la crisis de 1929, Franklin D. Roosevelt planteó la separación de negocios privados y negocios públicos y conquistó a una gran capa de ciudadanos. Hoy sería dinamita pura contra el Estado-corrupción comprometerse en los términos del presidente demócrata: “Deseo predicar una nueva doctrina, la completa separación de los negocios y del gobierno”.

¿Qué nos impide a nosotros hacerlo, si en la mente de millones de mexicanos deambulan los nombres de Hank, Slim, Cabal y tantos otros que amasaron enorme fortunas no merced a las bondades del mercado sino al apoyo y descomposición del bondadoso ogro estatal? Recientes ejemplos electorales surgidos en Latinoamérica demuestran cómo imprimir gran energía a esta lucha, ofreciendo, con nombres, apellidos y futuras medidas de gobierno, el castigo a los responsables de nuestra crisis y asegurando que nunca más la nación quedará postrada a los intereses de unos cuantos.

Regulación del capital financiero

La principal amenaza que pesa en la actualidad sobre la economía mexicana es la gran libertad de que disfruta el capital financiero para moverse en el mundo y generar crisis a su paso por los países. Colocados a la izquierda y refrescando nuestra reciente historia (“error de diciembre”), nuestro candidato presidencial promoverá la promulgación inmediata de una ley que establezca claros y eficaces controles. Enfoques como éste permiten que nuestro recurrente tema de la soberanía se ubique en una connotación que corresponde a lo que vivimos y no en la anticuaya tan invocada por nuestros improvisados tribunos.

Dejemos, por ahora, de lado los riesgos de la polarización y admitamos que ésta implica la construcción de una nueva hegemonía política que trascenderá al proceso comicial ya en marcha. La geometría política involucrada pone en juego la contradicción entre cambio y conservación. Al respecto, no olvidemos que un gran espectro del electorado mexicano participa más de la idea de preservación que de la innovación, a lo que ha contribuido indiscutiblemente la baja estima que tiene por los partidos políticos y sus liderazgos. Independientemente, la iniciativa del cambio vendrá de diversos rumbos. Puestos en la contienda, debemos ser muy hábiles para tomar lo más progresivo de las propuestas generadas fuera del partido y que pudieran confluir en nuestra vertiente, lo que exige una buena definición de las relaciones con el resto de las expresiones opositoras hoy y en el momento del triunfo. En otras palabras, percibo la polarización a partir, como ya dije, de la dimensión que le demos a nuestra política de izquierda para contraponerla a la del régimen y su fuerza; aunque si la apuesta también va por el centro, entonces implicaría que los electores percibieran que estamos recogiendo lo más positivo de la contienda, proponiendo la mejor síntesis o evidenciando los riesgos negativos que correría el país de preservarse el PRI en el poder o de ganar Acción Nacional. En este marco, la polarización será básica para definir el espacio de competencia. Haciendo gala de habilidad táctica, habremos de, por un lado, conservar nuestro voto duro (competencia defensiva del voto) y, por el otro, enlistarnos en la competencia adquisitiva o expansiva para allegamos los sufragios menester para la obtención del tercio mayor. Dicho de otra manera: debemos dar respuesta y refrendar la alternativa con el 25.7% de los electores que votaron por nosotros en 1997 (competencia defensiva) y establecer la estrategia y la táctica para lograr, adicionalmente, un 15% más que nos permitiría alcanzar el 40% y el triunfo presidencial (competencia expansiva o adquisitiva). Se trata de conservar y crecer. Por tanto, las estrategias iniciadas con cada sector deben combinarse para lograr un efecto acumulativo. Veámoslo a la luz de un ejemplo: la defensa electoral de nuestros gobiernos, en particular el del Distrito Federal, puede servir para consolidar nuestros activos; pero en cuanto a su eficacia para la expansión nacional del voto perredista, me reservo dudas, sobre todo si consideramos la desinformación que priva en esta materia. Sugiero, en este caso, sectorizar la campaña a favor de nuestro voto duro (competencia defensiva): todo mundo a su sección para ocupar el territorio completo.

Por otra parte, ya hablando del crecimiento expansivo que necesitamos, debemos especificar claramente las zonas de competencia: ¿dónde entramos en contradicción con el PRI?, ¿dónde con el PAN?, estimando que, a final de cuentas, todos harán los mismos cálculos que nosotros, y siempre actuando sobre el demos como un todo (…).

Estudiemos la magnitud del reto y la forma de conquistar la adhesión en los sectores más vulnerables de estos partidos (mujeres, jóvenes, obreros, campesinos, etcétera). Objetivo básico que se obtendrá si establecemos las dimensiones temáticas que marquen la diferencia para apostar las fuerzas en un espacio de competencia polarizado entre izquierda y derecha.

Hemos involucrado desde hace tiempo la categoría centro-izquierda para caracterizar nuestra ubicación en el espacio político. Definamos qué ganaremos de nuestro centrismo y qué ganaremos de nuestra ubicación en la izquierda. En otras palabras, cómo lograr que ese espectro electoral que está en el centro, que representa un voto crítico y cauteloso, nos dé su confianza, y cómo lograr que un sacudimiento electoral centrifugue el electorado del PAN Y del PRI para que podamos captarlo. En el ataque al PRI, tendríamos que ir al encuentro del viejo núcleo que aún valora las posibilidades del nacionalismo revolucionario y las contradicciones que mostró la propuesta madracista; con relación al PAN, obra a nuestro favor el desaliento generado en virtud de su inconsecuencia en la lucha contra la corrupción y por su calidad de consocio del PRI.

Una amplia corriente electoral del panismo no se conforma con la calidad de socio del PRI que muchos dirigentes dan al partido fundado por Manuel Gómez Morín y busca también el choque frontal con el régimen mismo porque lo catalogan como el principal obstáculo para la construcción de un sistema democrático. A este sector podemos atraerlo dada la comunidad de intereses y la voluntad de competir realmente desde fuera del régimen.

El choque frontal ante el priísmo se abordará en dos vertientes: a) contra su pretensión de pasar, después del 2 de julio, a la calidad de partido hegemónico, como lo dejó ver recientemente desde la profundidad del régimen el secretario de Gobernación Diódoro Carrasco; y, b) contra su inocultable voluntad de mantenerse en el poder mediante el montaje de una elección de Estado.

El régimen va por todo y con la misma intensidad con que amplísimos sectores de la sociedad mexicana pugnan por su conclusión. En más de setenta años, el PRI ha sabido acomodarse con habilidad para continuar en la cima del poder. Ahora tenemos en las palabras del secretario Carrasco un argumento poderosísimo para controvertir al régimen, a su partido y a su candidato, puesto que éstas revelan su aspiración (la del régimen) de suprimir violentamente las oposiciones para no regresar al esquema que entró en crisis a partir de 1988, sino inaugurar una dominación que en los hechos impida la competencia real (les horrorizan los episodios de los últimos doce años). Es imaginable que los neo priístas prevean la existencia de partidos, pero también que mantengan su presencia a partir de una patente contraria a las reglas de la competencia real, cancelando toda posibilidad de alternancia y de recambio en las instituciones más representativas del poder. En este marco hay que demostrar, más por la diferencia que por la confrontación, la urgencia de la liquidación del viejo régimen de partido de Estado; evidenciar que el cambio sólo es factible con su derrota profunda y reiterar el compromiso con la construcción de un sistema democrático que se expondrá a través de un proyecto de nueva Constitución, que ha de presentarse sin mayor dilación.

Por cuanto a se refiere a la posible consumación de una elección de Estado, nos restaría sólo la rebelión cívica. No hay estrategia viable si no se intimida al adversario. Habrá quien sostenga que pensar así exhibe un cierto rostro de deslealtad con el compromiso democrático. No es así; la lealtad fundamental está con el cambio: frente a la falta de legitimidad en la obtención del poder que presupone sólo una razón de Estado, se abren las posibilidades -con apoyo en la Constitución y la ética política compartida- de la resistencia y la desobediencia para impedir que arribe al poder quien lo ganó, como dicen los abogados, sin justos títulos.

Decisiones estratégicas

A mi juicio, y en congruencia con las notas anteriores, aparte de la preparación propiamente electoral de la campaña, se requieren seis decisiones estratégicas de fondo:

1. Generar un gran movimiento social a favor del cambio de régimen, rebasando la simple competencia electoral para impulsar las metas de la revolución democrática. A pesar de que no concretamos la mejor de las coaliciones, es necesario ir al encuentro de otras fuerzas sociales y, particularmente, definir con los partidos opositores con quienes estamos en competencia -sin exclusión- todos los objetivos antirrégimen que nos unifican para conjugar esfuerzos en lo conducente. 2. Generar una política partidaria que permita ocupar plenamente a la militancia en la contienda. Hablando de táctica, nada hay más riesgoso que mantener a una gran militancia ociosa; siempre arribará a la conclusión de que nuestra dirigencia no sabe moverla con eficacia. Se trata de un trabajo fundamentalmente voluntario, sin descartar, mejorándolo, el programa de Brigadas del Sol. 3. Paralelo al movimiento por el cambio de régimen, estará el impulso por el cambio económico hacia la izquierda, la lucha contra la desigualdad que nos aproximará a amplios sectores populares, que serán, quizás, los que nos darían el triunfo. Se trataría de una campaña agresiva de no más de siete puntos, a partir de los cuales se perciba la dimensión de la diferencia en el plano económico y social. No digamos, por ejemplo, que el PIB crecerá a tal o cual rango, pues muy pocos iniciados nos entienden; digamos cuáles serán los efectos de una nueva política económica en la mesa a la hora en que la familia comerá, en el IMSS cuando se va a consulta, en la escuela cuando se busca la matrícula, etcétera. 4. Anunciar una agresiva política de seguridad pública en contra del crimen organizado y el narcotráfico, estableciendo los límites nacionales de su combate y la gran responsabilidad de los grandes países consumidores, ofreciendo leyes anticorrupción que detengan la circulación de los fondos del tráfico de drogas hacia el sector financiero. Exhibamos abiertamente el fracaso del régimen en esta materia, sobre todo por su calidad de socio con los cárteles internacionales. Señalemos que, con nuestro gobierno, terminará para siempre la coalición de los gobernantes con el hampa organizada. 5. A partir de nuestros regidores, diputados locales, legisladores federales, observadores internacionales y organizaciones no gubernamentales especializadas, crear una gran red ciudadana por la fiscalización del ejercicio presupuestal de los gobiernos priístas, principalmente el federal, vigilando los programas sociales para impedir la inducción y compra del voto. 6. Realizar una campaña internacional de denuncia del régimen priísta, que abarque seis temas básicos:

La ausencia de democracia en México y la política de dos caras de los gobernantes, con la que se han abierto no pocas puertas en el mundo entero. Impulsar entre los mexicanos residentes en EEUU un gran movimiento demandante de la caída del régimen actual. El genocidio en Chiapas y las posibilidades de un conflicto armado si continúa el régimen actual. La violación sistemática de los derechos humanos reconocidos por la comunidad internacional y la restricción de los mismos a través de sucesivas reformas constitucionales. La enorme carga que significa la corrupción para un país como el nuestro y cómo la misma es un mecanismo muy fuerte para la conservación del poder autoritario. El grave riesgo para el país, la región y el mundo si se suscita un derrumbe político en México. Cambio, sólo con la derrota del PRI

No habrá cambio sin alternancia. En las condiciones actuales, de ganar el PRD sin duda que lo hará apretadamente. En consecuencia, sería forzoso pactar con otras fuerzas la integración de un gobierno que se empeñe en la instauración de reglas básicas de acceso al poder para dar paso a la democracia. Solo así limitaríamos la crisis de ingobernabilidad a que nos conduciría un gobierno dividido. Debemos preparamos para que este pacto ocurra en las condiciones más favorables, solventando, hasta donde sea factible, la posibilidad de garantizamos las mayorías calificadas que la Constitución previene en asuntos fundamentales.

A pesar de todo, la pregunta estratégica fundamental es: si hay elección de estado y el PRI triunfa con malas artes, ¿qué vamos a hacer?

Una respuesta es dar vuelta a la hoja y esperar el 2006; aunque, contando con más de un lustro para ello, los priístas y panistas convengan la configuración de una caricatura de democracia gobernada sin mayoría y soportada en dos partidos asociados que se dan el lujo de competir por cosas de más o menor importancia, pero de la cual estarían excluidos los mexicanos y las mexicanas. Sería el inicio de una gran descomposición nacional.

Insisto, no hay estrategia en la que no medie una intimidación. Si el PRI gana ilegítimamente, generemos un gran movimiento de resistencia activa que le impida asumir el poder. Gritemos esto a los cuatro vientos desde ahora y hasta el2 de julio de este año, fecha que esperamos pase a la historia como el momento crucial de la fundación de un nuevo país.

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